Cuestión de confianza

“Las empresas tienen que confiar en sus clientes”

En una ocasión estaba reunido con unos amigos en una cafetería discutiendo sobre cuánto cuesta un café y cuánto beneficio se obtiene con su venta. Como no nos podíamos de acuerdo, uno de nosotros se dirigió al dueño del bar, y sin ningún apuro, le formuló la pregunta acerca del coste de este producto. Ángel, que así se llama el propietario de este negocio, se quedó sin palabras… y cuando digo sin palabras, digo bien. Y es que nos confesó que no tenía ni idea. Le siguió la pregunta  ¿por qué el precio actual de 1,10€, entonces? Y ahí, sí que fue rápido; porque el bar de al lado lo tiene a 1,20€.

Desgraciadamente encontramos casos como el de Ángel a menudo. Empresarios con escasa formación que invierten una gran cantidad de recursos en un negocio que difícilmente prosperará. Sin embargo, también hallamos a personas que han hecho un gran esfuerzo en aprender casi desde cero, lo que es crear, mantener y consolidar un negocio a lo largo del tiempo. Nada es gratis, pero todo esfuerzo tiene su recompensa.

Voy a hablar de esas personas, en muchos casos anónimas, que se dejan la piel por aprender y por ofrecer lo mejor de sí mismos.

Cada día, muy cerca de nuestra casa, vemos esas pequeñas tiendas de barrio con horarios imposibles. Todos las conocemos (y no hablo de las asiáticas); esas  que frecuentamos los domingos para comprar el pan o algún ingrediente que se nos ha terminado y es imprescindible para preparar el almuerzo. Allí está Candelaria. Esperando con esa sonrisa que la caracteriza, el tiempo ha dejado huella en su rostro y en sus manos, pero sigue poniendo el mismo cariño desde hace más de veinte años por las cosas que hace. Siempre me habla del tiempo, de lo caro que está todo y de su hija que está estudiando en la península. “Se ha tenido que ir fuera a estudiar” -pronuncia mientras que una lágrima de melancolía recorre su mejilla-.

Lo que más me gusta de la tienda de Candelaria es su pan, aunque siempre acabo llevándome algún capricho para merendar; y es que no para de hablarme, y al final, me acaba convenciendo con esa mirada pícara que dan los años para que me lleve algo más. La cuentita y un “adiós, mi niño”.

Hoy Candelaria ya no está, una de sus hijas (Naira) regenta la tienda ahora. Ha aprendido durante estos años todo lo que ha podido de su madre sabiendo que las cosas han cambiado y que de alguna manera tiene que actualizar su negocio a los tiempo que corren.

Naira va con su smartphone a todas partes, ella se define como una persona “clásica-modernita”, me da hasta risa cuando me lo dice. Clásica por los valores que le inculcó su madre y moderna porque le encantan las redes sociales. Abrió una página de su negocio en Facebook y ya tiene más de cien “me gusta”, presume orgullosa.

En alguna ocasión que hemos coincidido en una cafetería, siempre me pregunta si he instalado algo nuevo en el móvil o qué es lo que más uso. Precisamente estaba escribiendo una reseña hace unos días y se me sentó a mi lado para que le explicara  y cómo podría utilizarlo en su negocio. Todo esto con una ansiedad tremenda, emocionada porque alguien que había estado en su tienda podía escribir un comentario sobre su experiencia en ella. No salía de su asombro.

Y así Naira comenzó su historia.

Es ahora cuando hablo de confianza. Esa confianza entre el propietario de un negocio y sus clientes.

Para Candelaria y su sonrisa.